por los hijos perdidos en la guerra,
los labriegos no preñan de
colores
a la amante fecunda que lo espera;
se van envenenando los cultivos
con los odios vertidos en la siembra
se enrojece la savia con la
sangre
las raíces se embeben
de violencia.
Dónde están los maizales y sus flores
los trigales, que doran las laderas,
si las manos que llevan los
arados
empuñan los fusiles con dureza.
Que broten los retoños con el
verde
la alfombra de la vida que se
tienda
que vuelvan a la casa los
ausentes
y sigan trabajando las parteras.
Generosa Valdez.

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