Sus brazos alargados caían
con el peso de la joroba;
sin grandes pretensiones caminabas
ajeno en aquel mundo de locura,
atrapado en la inocencia.
Un salto de emoción
acompañado de aquel duro golpe
en las costillas,
en las costillas,
hacia sonar el tambor,
y la saliva descendía
mientras la lengua descolgada,
dejaba asomar una sonrisa.
Gritos de esquizofrenia
arruinaban los juegos,
pero las batas blancas,
traían consigo el silencio.
Y allí estabas tú...
con retardo mental,
prisionero en un cuerpo,
prisionero en un manicomio.
Ahora me dicen que estás lejos
que te ha liberado la muerte,
pero solo mi remordimiento sabe
que la puerta de la prisión
la demoró en abrir,
mi maldita cobardía.
Generosa Valdez.

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