Un relojero estuvo aquí en mi casa,
me dijo que la cuerda ya gastada
no quería dar vueltas en el tiempo,
se notaba abatido aquel extraño;
sus torpes dedos enseñaron pronto
un objeto pequeño, algo oxidado.
Con el grave dictamen del experto
que el diagnóstico expresa sin recato
en el redondo
cofre de momentos
recorriendo minutos en segundos
sepultaba en la arena los zapatos.
Callé por un momento en el silencio
destapando las cartas de mis años
con las manos soldadas en el pecho,
allí estaba el tic tac marcando pasos.
Generosa Valdez.

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